El Profesor Antanas Mockus nos ha puesto a pensar otra vez, como suele hacerlo cuando interviene en la política nacional. Y ello no sólo por la profundidad de lo que dice, sino por lo paradójicas e incompletas que resultan sus construcciones acerca de la realidad del país.
En una evidente toma de partido, él, un experto fabricante de dilemas, construyó uno a la medida del candidato a la Alcaldía de Bogotá Samuel Moreno. De paso, sirvió un suculento platillo a los medios de comunicación, que no dudaron en magnificar en forma obtusa, el verdadero valor de las cuestiones levantadas por el ingenioso profesor. Las grandes corporaciones de la comunicación, controladas por dos o tres plutócratas, aprovecharon para tratar de salvar a Peñalosa (léase, salvar grandes negocios). Me dio pena al ver a un académico de la respetabilidad de Mockus, convertido en comodín de una estrategia electoral.
Entiendo que lo que buscaba Antanas era poner a prueba la capacidad de Moreno para elaborar la relación entre medios y fines, en últimas, extraer la posición del candidato con respecto a la idea de que el fin justifica los medios, y ver qué significado le atribuía Samuel al derecho de los ciudadanos a elegir libremente. La respuesta sería evaluada con base en dos supuestos sustentados a medias por el Profesor Mockus: la falta de legitimidad de los medios le quita legitimidad a los fines; la principal amenaza para la libertad de elegir en Colombia es la compra de votos.
En primer lugar, ¿no es siempre, cualquier decisión pública, un sacrificio de algo? ¿No usó Mockus la teoría del mal menor durante su alcaldía? Por ejemplo, las privatizaciones ¿no fueron la elección de lo que él creía un mal menor? Porque Antanas no será tan ingenuo en materia de economía política como para creer, todavía, que la entrega de activos públicos a multinacionales extranjeras o a un pequeño grupo de privilegiados es un negocio gana-gana. En su momento, él eligió entre dos males: comprar concejales o entregar a la voracidad del capital privado un mercado cautivo de usuarios de servicios públicos.
En segundo lugar, la presentación por parte de Mockus de los problemas que rodean la libertad de elección en Colombia es pobre y cómoda. La libertad de elección está amenazada: por el político que compra votos; por los paramilitares que gozan aún hoy del control territorial de más del 40% del país con la protección del régimen; por las FARC que siguen siendo el principal obstáculo para las transformaciones radicales que requiere Colombia; por el candidato que a puerta cerrada en un club de Madrid, Nueva York o Bogotá le promete a una multinacional o a un grupo financiero la entrega ventajosa de mercados o activos nacionales en caso de ser elegido, a cambio de lo cual recibe apoyo financiero y tres meses continuos de promoción descarada en los medios de comunicación controlados por ellos. Parece ser un problema de estética y no de ética: es más grave comprar un voto con lechona que empeñar el interés colectivo de la ciudad en los glamorosos salones del Country Club, para ganar la simpatía de alguno de los grupos que se reparten hoy la riqueza de las naciones.
En tercer lugar, ¿por qué Mockus no construyó un dilema para que Peñalosa exteriorizara su contextura ética en temas como la entrega de lo público al gran capital, o en la defensa de una sociedad que como parte de su esencia produce pobreza y desigualdad, o de una concepción de la política social que busca la mitigación de la pobreza para garantizar la continuidad de los procesos de concentración de los activos y del drenaje de la acumulación nacional de capital hacia las multinacionales? Hay algo, por lo menos, sospechoso en Mockus al posar de neutral sin serlo.
El tema de la ética es bienvenido. Lo que uno esperaría de alguien de la talla de Mockus, a parte de ser justo al plantearlo, es que evitara poner a prueba el juicio ético por medio de escenarios abstractos. Esa forma de evaluar la ética conduce: o a una respuesta de reina de belleza, es decir: a responder lo que la gente quiere oir; o a una elaboración sistemática propia de ámbitos de reflexión, ajenos totalmente a los inmediatez de los medios de comunicación (más en el caso de los medios colombianos: banales, venales y estupefacientes), y más en espacios como el aludido.
Por otra parte, las preguntas éticas más trascendentales y que requieren verdadero valor civil, valentía, son las que hacen referencia a la naturaleza de la sociedad en la que se ejerce el juicio ético: a su composición, a la lógica por medio de la cual distribuye los activos y las oportunidades. La evasión sistemática de ese tipo de problemas es una de las muestras de la bancarrota del pensamiento de una generación de académicos que se deslizó, de manera vergonzante, hacia la defensa del statu quo, por entre las ramas de teorías barrocas, sofisticadas en la forma pero estériles a la hora de explicar la dinámica de la sociedad. El nivel de abstracción al que se construye el dilema ético también es resultado de un dilema ético mal resuelto.
La intervención de Mockus, la oportunidad y el objetivo de la misma tuvo como segunda intención cambiar en la opinión pública el orden de prioridad de los problemas que debe resolver la sociedad colombiana, y en ese sentido representa un retroceso con respecto a lo que el país ha ganado en los últimos cuatro años.
Hay varias disyuntivas para una sociedad como la nuestra. La principal es la disyuntiva entre el statu quo de pobreza y desigualdad, y la construcción de una nación soberana que estimule y proteja el trabajo y la producción nacionales. La respuesta de Mockus a ese dilema es infinitamente más lamentable que la que dio Samuel Moreno. Más lamentable porque no fue al calor del momento y porque viene de un académico que tiene los medios para saber qué partido tomar, y tomó el menos ético de todos: servirle a un régimen oligárquico a presentarse como inevitable y como un mal menor.